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Mi hermano y su novia quieren venirse a casa y dormir en la misma habitación


Es el dilema de muchos padres: tenemos unos valores y unos principios que queremos transmitir a nuestros hijos; pero, a la vez, también tenemos otros seres queridos (hijo, hermano, cuñado, primo…) que viven de espaldas a esos principios de una manera evidente. El problema se presenta al intentar compaginar el cariño a esas personas con el hecho de querer que nuestros hijos no piensen que su manera de vivir “da igual”. Y entonces nos preguntamos cómo deberíamos actuar.

Puede suceder que queramos enseñar a nuestros hijos que las relaciones sexuales deben reservarse para el matrimonio, porque ahí tienen su sentido pleno, pero se presenta un hermano que quiere pasar la Navidad en familia y con su novia (compartiendo habitación con ella). O que para nosotros el matrimonio sea para siempre, pero una hermana divorciada desea visitarnos para presentar a su pareja actual.

Efectivamente, se trata de situaciones en las que la manera de vivir de una persona querida puede chocar frontalmente con la educación que como padres queremos dar a nuestros hijos. Y en estos casos, habría que tomar las decisiones teniendo en cuenta a la persona amada, pero sin perder de vista la responsabilidad que tenemos en la educación de los hijos, que es prioritaria.

Las siguientes consideraciones pueden ser una ayuda a la hora de acertar:
1) No es razonable que el cariño que tenemos a las personas nos exija renunciar a nuestras convicciones libremente asumidas. Y menos aún que esas personas exijan como prueba de cariño el que renunciemos a ellas. En cambio, sería razonable que comprendan nuestra responsabilidad a la hora de llevar las riendas del propio hogar.

2) Esto supone hablar con ellos, razonando de manera adecuada y con afecto lo que pensamos sobre sus opciones en el contexto de la educación de nuestros hijos y aclararles de qué manera su presencia puede afectar a nuestros hijos al generar situaciones que no coinciden con el contexto educativo que queremos para ellos.
Es importante, a la vez, tener detalles concretos de cariño con esas personas que podemos decidir no acoger en un momento concreto.

3) Respecto a los hijos, la mejor protección es una formación sólida desde la edad más temprana posible de manera que puedan rechazar los errores y amar a quienes yerran. Como padres, cuando se plantean estos dilemas, hemos de intentar que descubran y comprendan que esa persona, a quien todos quieren mucho, no ha acertado en la elección de su estilo de vida. Razonaremos con nuestros hijos la importancia de defender siempre nuestros valores. Por supuesto, sin juzgar ni herir a las personas a las que nos podamos estar refiriendo. Para decir la verdad es preciso distinguir el error de la persona que yerra. De esta manera se puede respetar e incluso querer siempre a las personas, siendo esto compatible con el desacuerdo y el rechazo (razonado) de sus ideas o de sus acciones.

4) Es lógico que queramos mantener contacto con esa persona porque la queremos y porque la cercanía puede facilitar su cambio en el futuro, pero habrá que encontrar siempre el contexto adecuado (aunque suponga un esfuerzo) para evitar el daño a terceros, en este caso los hijos en proceso de madurez personal. A la vez, el buscar encuentros sinceros y llenos de afecto no significa que haya que dar por buenos o indiferentes sus estilos de vida.

En consecuencia, puede ser aconsejable lo siguiente:
1) Como educadores, decir siempre la verdad sin juzgar nunca a las personas que cometen el error: explicar el valor de la espera (¿Por qué no tener relaciones sexuales si nos queremos?), explicar por qué el matrimonio debe ser “para siempre”. Enseñar que todos podemos tomar decisiones equivocadas que nos pueden hacer daño aunque seamos buenas personas. Por eso, aun queriendo mucho a estas personas no tiene sentido mostrarse indiferente ante sus estilos de vida, como si todo fuera equivalente y tuviera el mismo valor. Pero una vez manifestado nuestro parecer con verdad y caridad, no se ha de olvidar que solo queriéndolos de verdad cabe ayudarles a que se den cuenta de que lo mejor para sus vidas es rectificar.

2) A la hora de convivir con estas situaciones lo mejor es manifestar con claridad y delicadeza nuestra postura y el tipo de educación que queremos ofrecer a nuestros hijos para que sean felices. Y podemos hacerles comprender que algunas situaciones, como presentarse y comportarse como pareja delante de los hijos, pueden dificultar nuestro objetivo como padres.

En definitiva, siguiendo estas líneas de argumentación, existen motivos para que unos padres crean conveniente no invitar a un ser querido a su casa con su pareja (novia con quien convive, divorciado con nueva pareja, etc). Por supuesto, es distinto si van solos, pero en algunas ocasiones puede no ser inocuo. Además, aunque los hijos sean mayores de edad, pueden ser vulnerables intelectualmente ante esta situación. Sin embargo, esto puede depender mucho de las edades y de la madurez de cada hijo.

Una manera de seguir en contacto con esa persona querida y poder mostrarle ese binomio cariño-verdad que nace del amor auténtico, puede ser que nos reunamos a cenar, tomar un café, etc., en otro sitio que no sea nuestro hogar. Puede ser la ocasión de hablar tranquilamente de todas las cuestiones importantes que tienen que ver con los principios que defendemos.

 

 

 

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